CUADERNO DE
VIAJES



La Vieja Licorería, Fabián Cercano y Elena Martín de Armas

Una mirada atrás

En 1994 Fabián Cercano comienza a elaborar una pequeña cantidad de licores caseros que servía por copas a los clientes habituales (amigos) en la acogedora tasca que posee, ubicada en un mágico entorno rural en la isla de Tenerife. En aquellas noches de amistades, y sueños conoce a Elena, y juntos emprenden un hermoso camino, sembrando la semilla de lo que actualmente es La Vieja Licorería, más que una fábrica de licores, una forma de entender la vida. Fabián como Maestro Licorista se sumerge cada día en la búsqueda de nuevos sabores y aromas con los que componer delicadas fórmulas de las que surgirán nuevos licores, buscando siempre conmover a quien los prueba. Elena, como Gerente de La Vieja Licorería, da forma a las emociones y sigue encaminando la empresa hacia el objetivo de situar sus licores en las estanterías de los mejores establecimientos del mundo, sin que pierdan en el camino nada de su identidad, de ese beber lento, pausado, deteniendo el tiempo alrededor de uno mismo.

La Licorería

La Vieja Licorería está ubicada en las laderas del Teide, en la isla de Tenerife (Islas Canarias, España).Ocupa una antigua casa de estilo canario de gruesas paredes de piedra y argamasa. Una hiedra tupida y brillante cubre nuestra fachada. Sus tejas son rojas y gastadas, antiguas como su memoria.En nuestro jardín crecen rosales y escaramujos, un tupido césped delimitado por hinojo y geranios al que le da sombra un nisperero de grueso tronco y hojas anchas, un viejo albaricoquero de antiguo linaje y una gran higuera de ramas sarmentosas.El ascenso a La Vieja Licorería se hace por medio de caminos flanqueados de zarzamoras. En ellos coexisten los castaños sin dueño con perales y manzanos que doblan sus ramas en otoño bajo el peso de los abundantes frutos.

Antes de la cima y cerca de nuestra casa, un bosquecillo de grandes eucaliptos exhala un mentolado aliento al caminante.

La vegetación se muestra casi todo el año con un verde intenso y húmedo, que el vapor de los campos azulea en la lejanía.

Es una zona de abundantes lluvias y de temperaturas frías, no llegando nunca a helar; siendo el clima adecuado para conseguir la idónea y pausada maceración, elaboración y reposo que requiere la alquimia de nuestros licores.


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… Y llegó Lula

En el 92 nos regalaron a Lula, una pequeña gatita negra, con un lacito rojo. El nombre se lo pusimos nosotros, y le venía, nunca mejor dicho, al pelo. Era cariñosa pero profundamente independiente, y jamás nos hizo un arañazo, ni tan siquiera a nuestro hijo Gabriel que, desde la altura de los 3 años tomaba a Lula como un peluche que andaba.

Al cabo de los años un perro grande la acorraló y mordió, y tras varios meses de curas, a Lula siempre se le quedó un andar cadencioso y algo extraño que ella sobrellevaba con azabachada elegancia.
En el 94 abrimos Garabato y Lula se convirtió en un personaje indispensable de la Tasca, ese lugar diferente que compartimos con tanta gente: rosas, velas, quinqués, calor de chimenea, fondues de queso o chocolate, pan de miel con capricho de dioses, charlas a media voz, risas, tintineo de licores y vaporosas telas de araña atrapando el tiempo.

Muchos preguntaban por Lula cuando no la veían, y cuando estaba lo que seguramente dejaban de ver al instante era un trozo de queso o un pequeño croissant de aguacate y cangrejo de su plato.

Los años se sucedieron, por la puerta de Garabato pasaron muchos desconocidos que al atravesarla dejaban de serlo. En noches tranquilas de jueves y viernes a Lula le gustaba pulular por entre las rodillas de los visitantes y acabar dormida en un cojín. En noches más bulliciosas de Luna Llena ella entraba en la cocina y se arrebujaba en una de las sillas, mientras, por las rendijas de la cocina se filtraban hilachas de los cuentos que contábamos aquellas noches tan especiales.
Durante muchos años escuchó jazz, música celta, blues de los 50, y acordeón y voz quebrada de Edith Piaf en adoquines gastados de los viejos barrios de París, y cientos de saludos y despedidas en noches de niebla o estrellas, cuando junto a ella echábamos el cerrojo detrás de nosotros a otra noche de delicada y deliciosa existencia.

Lula un día se fue, se fue como era ella, discretamente.

También la tasca cerró o se fue.

Como pasa con Lula, en cualquier momento pensamos que va a volver, cualquier noche de jueves abriremos y no nos cabe duda de que seguiremos tejiendo entre todos momentos hermosos que nos acompañarán el resto de nuestra vida.

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